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¿Cual será el efecto de la nueva tasa sobre bebidas azucaradas?


Deberá pasar algún tiempo para responder a esta pregunta, pero lo que no se puede negar es la justificación en términos de salud para proponerla.

Para explicarlo nos apoyamos en este artículo recientemente publicado en el British Medical Journal que habla sobre el consumo de bebidas azucaradas e incidencia de diabetes.

La secuencia es la siguiente:

- Dos gráficas que muestran consumo de bebidas azucaradas divididas por franjas de edad en dos países (Estados Unidos e Inglaterra).

- Primera lectura. Se observa como en Estados Unidos existe un mayor consumo. Este consumo en ambos países es superior en la menor franja de edad (20-44 años) y posteriormente declina.

- Segunda lectura. Este mayor consumo tiene una consecuencia directa en la también mayor incidencia de diabetes en 10 años.

-Tercera lectura. El riesgo es superior en la gente mayor. Aquí pero podríamos hacer una reflexión. En edades más avanzadas el riesgo es superior porque la edad en sí ya confiere mayor riesgo, pero no podemos obviar que en estas edades partimos de un consumo acumulado superior de edades inferiores. O sea, que el riesgo de adulto se podría generar (o prevenir según se mire) en edades anteriores.

Por si alguien tiene la tentación de pensar que en nuestro entorno se consume menos bebidas azucaradas que en los países del estudio... ¡Error! En España se consumen 80gr de media (recordemos que una lata de 33cc de una bebida de cola contiene 35gr de azúcar).

Finalmente la derivada. Si tenemos en cuenta que el 60% de los diabéticos presentarán complicación cardiovascular (infartos agudos de miocardio, ictus, enfermedad arterial periférica, etc...), podemos concluir razonablemente que si conseguimos disminuir el consumo de bebidas azucaradas, conseguiremos influenciar y reducir este último dato del 60% y por lo tanto ya tenemos la asociación directa y el titular "Reducir el consumo de bebidas azucaradas disminuye la incidencia de mortalidad cardiovascular".

Bibliografia:

Fumiaki Imamura et al. BMJ 2015;351:h3576 | doi:10.1136/bmj.h3